Comenzamos 2026 con un debate que sigue atravesando a la comunidad educativa y que, lejos de cerrarse, se ha vuelto más complejo: el uso de móviles, tabletas y pantallas en la escuela. Tras años de vaivenes entre entusiasmo digital y prohibiciones generalizadas, el inicio del nuevo año invita menos a tomar partido y más a detenernos a pensar qué estamos haciendo —y qué estamos dejando de hacer— cuando hablamos de tecnología y educación. Porque, más allá de los titulares y las respuestas rápidas, la experiencia real de los centros y la investigación educativa coinciden en algo menos cómodo: ni la prohibición por sí sola ni la digitalización sin pedagogía resuelven el problema.
El debate sobre el uso de móviles, tabletas y pantallas en la escuela suele plantearse en términos binarios: o prohibimos para proteger, o digitalizamos para innovar. Sin embargo, la experiencia real de los centros y la investigación educativa coinciden en algo menos cómodo: ni la prohibición por sí sola ni la digitalización sin pedagogía resuelven el problema.
Como señalan Margarida Romero y Enric Vidal en un análisis publicado en The Conversation, muchos centros han pasado del entusiasmo digital a una gestión basada casi exclusivamente en el control. Proyectos que nacieron con la promesa de innovación terminan derivando en tabletas “mutiladas”: cámaras bloqueadas, aplicaciones restringidas, navegadores cerrados. El resultado es paradójico: se invierte más tiempo en vigilar la herramienta que en enseñar con ella, y la tecnología acaba reducida a un libro digital caro y poco funcional
En otros contextos, la respuesta ha sido directamente prohibir el móvil. Las razones no son menores. Tal como explican José Pedro Espada, Jonatan Molina Torres, Marta Labrador Méndez y Mireia Orgilés en el artículo Prohibir el móvil en centro de enseñanza: argumentos científicos, el teléfono móvil ofrece una estimulación constante que interfiere en la atención, dificulta el autocontrol y funciona como vía de escape emocional, especialmente durante la adolescencia. De ahí que organismos internacionales como la UNESCO o informes como PISA hayan alertado sobre su impacto en el aprendizaje y que varios países europeos hayan optado por restricciones severas.
Parte del problema está en cómo hablamos de “pantallas”. Como explica María del Mar Sánchez Vera en su artículo, ¿Qué pantallas conviene usar en la escuela?, publicado el pasado 1 de septiembre, no es lo mismo un móvil personal que un portátil de aula, ni consumir vídeos que diseñar, programar o crear contenidos. En ese mismo texto recuerda que este debate no es nuevo: ya en los años treinta del siglo pasado, la pedagoga Carmen Conde defendía el uso del cine en las aulas frente a discursos alarmistas muy similares a los actuales. La innovación, insiste Sánchez Vera, no está en el dispositivo, sino en el tipo de tareas que se diseñan.
Esta mirada conecta con lo que plantean Gustavo Herrera-Urízar y Cristina Alonso Cano en El Diario de la Educación, cuando advierten del riesgo de responder a la complejidad educativa con soluciones pendulares. Ante la saturación y el malestar, señalan, existe la tentación de apagar dispositivos en lugar de repensar la educación. Educar en tiempos digitales no consiste en prohibir móviles, sino en encender el pensamiento.
El debate se extiende también al ámbito familiar. Amaia Arroyo Sagasta, profesora e investigadora en Tecnología Educativa, señala en su artículo, Cómo contribuir a un mejor uso del móvil y las pantallas desde casa, que la respuesta al uso problemático de las pantallas no puede quedarse en la prohibición, sino que exige acompañamiento, diálogo y corresponsabilidad. En su análisis subraya la necesidad de observar los hábitos digitales en casa, abrir espacios de conversación y traducirlos en compromisos y seguimiento, recordando —en línea con otros expertos como Carlos Magro— que el bienestar digital no se impone, sino que se aprende.
En la misma línea, Laura Cuesta Cano plantea en The Conversationque la tecnología no es intrínsecamente buena ni mala, pero puede amplificar vulnerabilidades previas si no hay acompañamiento, especialmente en la infancia y la adolescencia. Por eso, más que centrarse solo en tiempos de uso o edades concretas, resulta más útil hablar de madurez, contexto y usos activos frente a consumos pasivos.
Al final, móviles, tabletas y pantallas no son el problema. Son el espejo que refleja hasta qué punto el sistema educativo ha sabido —o no— dotar de sentido pedagógico a la tecnología. No hay atajos: educar nunca ha consistido en prohibir objetos, sino en acompañar procesos, con normas claras, formación docente, tareas bien diseñadas y una alianza real con las familias.
Y ahora queremos escucharos: ¿cómo estáis abordando este debate en vuestros centros y hogares? ¿Creéis que estamos educando para usar la tecnología con sentido o seguimos moviéndonos entre la prohibición y la inercia?