Cada nueva edición de PISA llega acompañada de titulares rápidos: rankings, caídas, comparaciones internacionales y lecturas políticas inmediatas. PISA 2025 no es una excepción. Los resultados de España preocupan, especialmente en lectura y matemáticas, pero quizá precisamente por eso conviene hacer una pausa y leerlos con algo más de cuidado.
El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes, impulsado por la OCDE, evalúa cada tres años qué saben y qué son capaces de hacer los estudiantes de 15 años. No se limita a medir contenidos escolares: analiza hasta qué punto el alumnado puede resolver problemas complejos, pensar de forma crítica y comunicarse de manera efectiva. En esta edición, los resultados específicos de España permiten situar los datos nacionales dentro de una tendencia internacional más amplia.
PISA 2025 se ha centrado en ciencias, con matemáticas y lectura como áreas secundarias, e incorpora también una evaluación vinculada al aprendizaje en el mundo digital. En total, participaron más de 760.000 estudiantes de 91 países y economías. En España, realizaron la evaluación 29.967 estudiantes de 956 centros educativos.
La lectura internacional del informe es seria. En el promedio de la OCDE, ciencias, lectura y matemáticas registran los resultados medios más bajos observados hasta ahora. La caída más intensa se da en lectura, con un descenso de 28 puntos entre 2015 y 2025; en matemáticas, la bajada es de 22 puntos; y en ciencias, más moderada, de 7 puntos.
España participa de esa tendencia, aunque con matices. Según la nota específica de país, los resultados medios de 2025 son inferiores a los de 2022 en matemáticas y lectura, mientras que en ciencias se mantienen respecto a la edición anterior. Si la comparación se hace con 2015, los resultados son inferiores en las tres áreas y se sitúan entre los más bajos registrados hasta la fecha en España.
Los datos medios de España en 2025 son 477 puntos en ciencias, 457 en matemáticas y 451 en lectura. En las tres áreas, el rendimiento se sitúa por debajo del promedio de la OCDE. En resolución computacional de problemas, sin embargo, España obtiene 499 puntos, una puntuación similar al promedio OCDE. Este dato es relevante porque no todo empeora de la misma manera, ni todos los indicadores apuntan en la misma dirección.
La siguiente infografía resume los datos más relevantes de PISA 2025 en España y ayuda a situar la conversación antes de entrar en una lectura más pedagógica del informe.

La primera pregunta que abre PISA 2025 tiene que ver con la lectura. No solo porque España baja en este ámbito, sino porque el informe general insiste en una preocupación de fondo: se están debilitando algunas de las capacidades lectoras más necesarias en una sociedad atrio OCDE, situado en el 69 %. Pero solo el 2 % alcanza el Nivel 5 o superior, frente al 6 % de la OCDE. La cuestión, por tanto, no es únicamente cuántos estudiantes llegan al nivel básico, sino cómo ampliamos las oportunidades para desarrollar una lectura profunda, crítica y flexible.
En matemáticas ocurre algo parecido. El 67 % del alumnado español alcanza al menos el Nivel 2, por encima del promedio OCDE, situado en el 65 %. Sin embargo, solo alrededor del 4 % llega a niveles altos, frente al 8 % de la OCDE. El reto no parece estar solo en practicar más operaciones, sino en generar más experiencias donde las matemáticas sirvan para interpretar situaciones, tomar decisiones, argumentar y resolver problemas con sentido.
En ciencias, área principal de esta edición, España obtiene 477 puntos y se sitúa por debajo del promedio OCDE. Sin embargo, el 76 % del alumnado alcanza el Nivel 2 o superior, frente al 74 % de la OCDE. También aquí aparece la misma tensión: una base competencial relativamente amplia, pero una proporción reducida de alumnado en niveles excelentes. En España, el 4 % alcanza el Nivel 5 o 6 en ciencias, frente al 7 % de la OCDE.
PISA 2025 también presta atención a cómo aprende el alumnado. En España, el 72 % de los estudiantes declara sentir curiosidad por muchas cosas diferentes, muy cerca del promedio OCDE, del 73 %. Además, el 68 % afirma que realiza un esfuerzo adicional cuando el trabajo se vuelve difícil, por encima del promedio OCDE, situado en el 60 %. Estos datos no eliminan la preocupación por los resultados, pero ayudan a evitar una lectura exclusivamente catastrofista.
Una de las claves está en la autorregulación. En España, aproximadamente el 43 % del alumnado declara que planifica a menudo o muy a menudo su forma de estudiar, frente al 37 % de la OCDE. El 62 % afirma que se hace preguntas sobre el material para comprobar si lo ha entendido, frente al 49 % de la OCDE. Además, el 78 % pide ayuda al profesorado cuando la necesita y el 84 % pide ayuda a sus compañeros cuando no comprende algo del todo. En términos educativos, la autonomía no consiste en aprender sin ayuda, sino en saber cuándo, cómo y a quién pedirla.
La tecnología y la inteligencia artificial ocupan también un lugar central en el informe. PISA evita una lectura simplista: el uso moderado de dispositivos digitales para aprender puede asociarse con mejores resultados, mientras que el uso recreativo durante el horario escolar y la distracción digital se asocian con peores resultados. En España, el 29 % del alumnado declara que sus compañeros se distraen a menudo con dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de las clases de ciencias, y esa distracción se asocia con 16 puntos menos en ciencias.
El dato sobre móviles requiere prudencia. En 2025, el 86 % del alumnado español estaba escolarizado en centros donde no se permite el uso de teléfonos móviles en las instalaciones, frente al 49 % de la OCDE. Pero PISA no permite concluir que prohibir por sí solo resuelva el problema del aprendizaje digital. La cuestión educativa es más compleja: qué usos se permiten, con qué criterios, en qué momentos, con qué acompañamiento y para qué tipo de tareas.
Con la inteligencia artificial ocurre algo similar. En España, el 54 % del alumnado declara utilizar chatbots de IA para ayudarle a aprender al menos una vez por semana, por encima del promedio OCDE, situado en el 46 %. También los utiliza para realizar investigaciones preliminares, resumir textos o redactar trabajos escritos. La IA ya está en las prácticas escolares del alumnado. La pregunta es si la escuela está ayudando a utilizarla para pensar mejor o si se convierte en una forma de acortar el esfuerzo cognitivo.
Otra dimensión importante es la equidad. En España, la diferencia en ciencias entre el alumnado socioeconómicamente favorecido y desfavorecido es de 71 puntos, menor que la media OCDE, situada en 85 puntos. Además, alrededor del 13 % del alumnado desfavorecido logra situarse en el cuartil superior de rendimiento en ciencias, ligeramente por encima del promedio OCDE, del 12 %. Son datos relevantes, pero no deberían llevar a una lectura complaciente: reducir una brecha porque cae más quien estaba arriba no puede entenderse como una mejora suficiente.
PISA 2025 también obliga a mirar las condiciones en las que se enseña. En España, el 49 % del alumnado está escolarizado en centros cuyas direcciones señalan que la enseñanza se ve obstaculizada, al menos en cierta medida, por falta de personal docente; el promedio OCDE es del 39 %. El dato es más acusado en personal de apoyo: 72 % en España, frente al 39 % de la OCDE. Los aprendizajes no ocurren en abstracto: ocurren dentro de centros concretos, con equipos concretos, tiempos concretos y recursos concretos.
También el clima de aula aparece como una cuestión relevante. En España, el 74 % del alumnado declara que, en la mayoría de las clases de ciencias, el profesorado muestra interés por el aprendizaje de todos los estudiantes. Sin embargo, el 39 % afirma que el ruido y el desorden interrumpen la mayoría o todas las clases de ciencias, por encima del promedio OCDE, situado en el 31 %. Además, el 34 % del alumnado declara haber faltado al menos un día a clase en las dos semanas previas a la prueba, frente al 22 % de la OCDE.
Hay, además, una cautela metodológica importante. La nota de país señala que en España las exclusiones totales aumentaron entre 2022 y 2025 hasta alcanzar el 7,9 %, especialmente por el incremento de exclusiones dentro de centros educativos en Cataluña y Murcia. Los resultados de España pueden compararse de forma válida con otros países y ciclos anteriores, pero los resultados de Cataluña no se presentan por separado y se advierte de que los altos niveles de exclusión pueden producir un sesgo al alza.
Por eso, ante PISA 2025, quizá la pregunta no sea solo cuánto hemos bajado. Esa pregunta importa, pero no basta. También necesitamos preguntarnos qué tipo de lectura estamos enseñando, qué matemáticas ayudan a interpretar problemas reales, qué experiencias científicas permiten trabajar con evidencias, qué papel está ocupando la IA, qué hacemos con la distracción digital, qué apoyos recibe el alumnado y qué condiciones tienen los centros para enseñar.
Los datos preocupan. Sería un error minimizarlos. Pero también sería un error convertirlos en una sentencia simple sobre la escuela. PISA no explica por sí solo todo lo que ocurre en un sistema educativo, ni permite atribuir los resultados a una única causa. Su valor está en otra parte: en ayudarnos a formular mejores preguntas.
Quizá ese sea el reto para los próximos meses: leer PISA como una invitación a pensar mejor el aprendizaje. No para buscar culpables rápidos, sino para revisar prácticas, condiciones y decisiones. No para reducir la educación a una puntuación, sino para preguntarnos qué necesita el alumnado para comprender mejor, razonar mejor, leer con más profundidad, usar la tecnología con criterio y encontrar más sentido en lo que aprende.
Y ahora queremos escucharos: ¿qué lectura hacéis de estos resultados desde vuestros centros? ¿Qué datos os preocupan más? ¿Qué preguntas deberíamos hacernos para que PISA no se quede solo en una alarma, sino en una oportunidad para mejorar?